¿Existe el alma? Las pruebas dicen que sí

La realidad del alma es una de las cuestiones más importantes de la vida. Aunque las religiones no paran de hablar de su existencia, ¿cómo sabemos si las almas existen realmente? Una serie de nuevos experimentos científicos ayuda a responder a esta antigua cuestión espiritual.

La idea del alma está ligada a la idea de una vida futura y a nuestra creencia en una existencia continuada después de la muerte. Se dice que es el principio animador último por el que pensamos y sentimos, pero que no depende del cuerpo. Muchos infieren su existencia sin necesidad de análisis o reflexión científica. De hecho, los misterios del nacimiento y la muerte, el juego de la conciencia durante los sueños (o después de unos martinis), e incluso las operaciones mentales más comunes -como la imaginación y la memoria- sugieren la existencia de una fuerza vital -un élan vital- que existe independientemente del cuerpo.

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Sin embargo, el paradigma científico actual no reconoce esta dimensión espiritual de la vida. Nos dicen que sólo somos la actividad del carbono y algunas proteínas; que vivimos un tiempo y morimos. ¿Y el universo? Tampoco tiene sentido. Todo se ha resuelto en las ecuaciones: no hay necesidad de un alma. Pero el biocentrismo, una nueva «teoría del todo», desafía este modelo tradicional y materialista de la realidad. En todas las direcciones, este paradigma anticuado conduce a enigmas insolubles, a ideas que son, en última instancia, irracionales. Pero el conocimiento es el preludio de la sabiduría, y pronto nuestra visión del mundo se pondrá al día con los hechos.

Por supuesto, la mayoría de las personas espirituales ven el alma como algo enfáticamente más definitivo que el concepto científico. Se considera la esencia incorpórea de una persona, y se dice que es inmortal y que trasciende la existencia material. Pero cuando los científicos hablan del alma (si es que lo hacen), suele ser en un contexto materialista, o se trata como un sinónimo poético de la mente. Todo lo que se puede saber sobre el «alma» se puede aprender estudiando el funcionamiento del cerebro. Desde su punto de vista, la neurociencia es la única rama del estudio científico relevante para entender el alma.

Tradicionalmente, la ciencia ha descartado el alma como un objeto de creencia humana, o la ha reducido a un concepto psicológico que da forma a nuestra cognición del mundo natural observable. Así, los términos «vida» y «muerte» no son más que los conceptos comunes de «vida biológica» y «muerte biológica». El principio animador son simplemente las leyes de la química y la física. Usted (y todos los poetas y filósofos que han existido) no son más que polvo orbitando el núcleo de la Vía Láctea.

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Mientras estoy aquí sentado en mi despacho rodeado de pilas de libros científicos, no encuentro ni una sola referencia al alma, ni ninguna noción de una esencia inmaterial y eterna que ocupe nuestro ser. De hecho, nunca se ha visto un alma bajo un microscopio electrónico, ni se ha hecho girar en el laboratorio en un tubo de ensayo o en una ultracentrífuga. Según estos libros, parece que nada sobrevive al cuerpo humano después de la muerte.

Aunque la neurociencia ha hecho enormes progresos para esclarecer el funcionamiento del cerebro, el porqué de nuestra experiencia subjetiva sigue siendo un misterio. El problema del alma radica precisamente aquí, en comprender la naturaleza del yo, el «yo» de la existencia que siente y vive la vida. Pero esto no es sólo un problema para la biología y la ciencia cognitiva, sino para toda la propia filosofía natural occidental.

Nuestra actual visión del mundo -el mundo de la objetividad y el realismo ingenuo- está empezando a mostrar grietas fatales. Por supuesto, esto no sorprenderá a muchos de los filósofos y otros lectores que, contemplando las obras de hombres como Platón, Sócrates y Kant, y de Buda y otros grandes maestros espirituales, no dejaban de preguntarse por la relación entre el universo y la mente del hombre.

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Recientemente, el biocentrismo y otras teorías científicas han comenzado también a desafiar el viejo paradigma físico-químico, y a plantear algunas de las difíciles preguntas sobre la vida: ¿Existe el alma? ¿Hay algo que resista los estragos del tiempo?

La vida y la conciencia son fundamentales en esta nueva visión del ser, la realidad y el cosmos. Aunque el paradigma científico actual se basa en la creencia de que el mundo tiene una existencia objetiva e independiente del observador, los experimentos reales sugieren justo lo contrario. Pensamos que la vida es sólo la actividad de los átomos y las partículas, que giran durante un tiempo y luego se disipan en la nada. Pero si añadimos la vida a la ecuación, podemos explicar algunos de los principales enigmas de la ciencia moderna, como el principio de incertidumbre, el entrelazamiento y el ajuste fino de las leyes que dan forma al universo.

Considere el famoso experimento de las dos rendijas. Cuando se observa una partícula pasar por los agujeros, se comporta como una bala, pasando por una u otra rendija. Pero si nadie observa la partícula, ésta exhibe el comportamiento de una onda y puede pasar por ambas rendijas al mismo tiempo. Este y otros experimentos nos dicen que las partículas no observadas sólo existen como «ondas de probabilidad», como demostró el gran premio Nobel Max Born en 1926. Son predicciones estadísticas, nada más que un resultado probable. Hasta que no se observan, no tienen una existencia real; sólo cuando la mente pone el andamiaje en su lugar, se puede pensar que tienen una duración o una posición en el espacio. Los experimentos dejan cada vez más claro que incluso el mero conocimiento en la mente del experimentador es suficiente para convertir la posibilidad en realidad.

Muchos científicos desestiman las implicaciones de estos experimentos, porque hasta hace poco se pensaba que este comportamiento dependiente del observador se limitaba al mundo subatómico. Sin embargo, esto está siendo cuestionado por investigadores de todo el mundo. De hecho, este mismo año un equipo de físicos (Gerlich et al, Nature Communications 2:263, 2011) ha demostrado que la rareza cuántica también se da en el mundo a escala humana. Estudiaron enormes compuestos de hasta 430 átomos, y confirmaron que este extraño comportamiento cuántico se extiende al mundo más grande en el que vivimos.

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Es importante destacar que esto tiene una relación directa con la cuestión de si los seres humanos y otros seres vivos tienen alma. Como señaló Kant hace más de 200 años, todo lo que experimentamos -incluyendo todos los colores, sensaciones y objetos que percibimos- no son más que representaciones en nuestra mente. El espacio y el tiempo no son más que las herramientas de la mente para unirlo todo. Ahora, para regocijo de los idealistas, los científicos empiezan a reconocer vagamente que esas reglas hacen posible la existencia misma. De hecho, los experimentos anteriores sugieren que los objetos sólo existen con propiedades reales si son observados. Los resultados no sólo desafían nuestra intuición clásica, sino que sugieren que una parte de la mente -el alma- es inmortal y existe fuera del espacio y el tiempo.

«La esperanza de otra vida -escribió Will Durant- nos da valor para enfrentarnos a nuestra propia muerte, y para soportar la de nuestros seres queridos; estamos doblemente armados si luchamos con fe.»

Y estamos tres veces armados si luchamos con la ciencia.

Puede saber más sobre el Biocentrismo en www.robertlanzabiocentrism.com y www.robertlanza.com

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